El crimen no recluta solo: la sociedad les admira y los niños y jóvenes son las víctimas
Honduras suele exigir respuestas cuando el crimen ya ha golpeado: más patrullajes, capturas, operativos, cárceles y penas severas. Son medidas necesarias frente a quienes extorsionan, trafican drogas, asesinan y controlan territorios. Sin embargo, ninguna política de seguridad será suficiente mientras el país persiga delincuentes con una mano y, con la otra, permita que la cultura criminal continúe conquistando la imaginación de niños, adolescentes y jóvenes.
La responsabilidad principal de garantizar la seguridad pertenece al Estado. No obstante, la construcción de una cultura de paz también exige reconocer una verdad incómoda: las estructuras criminales no crecen únicamente por la ausencia policial, sino también por la indiferencia, el silencio, la admiración y la normalización que encuentran en algunos sectores de la sociedad.
Las organizaciones criminales no reclutan solamente mediante amenazas. También ofrecen dinero, identidad, protección, reconocimiento, pertenencia y una falsa sensación de poder. Encuentran terreno fértil donde faltan oportunidades, acompañamiento familiar, espacios seguros y referentes positivos. Cuando el Estado llega únicamente durante un operativo y después desaparece, el crimen intenta ocupar su lugar.
Por eso debe mantenerse una diferencia estratégica: la inteligencia, la investigación criminal y la fuerza legítima deben dirigirse contra el delincuente activo y las estructuras que lo financian, protegen y dirigen. La prevención debe concentrarse en quienes todavía son objetivos del reclutamiento. La fuerza para enfrentar al criminal declarado; la prevención para proteger a quien todavía puede ser rescatado.
Pero prevenir no consiste únicamente en construir canchas o entregar balones. Invertir en deporte, arte, cultura, tecnología, formación técnica, emprendimiento y servicio comunitario significa ofrecer disciplina, identidad, liderazgo y sentido de pertenencia. Una escuela de música puede brindar el reconocimiento que promete una pandilla; un equipo deportivo puede convertir la lealtad en compañerismo; el teatro, la pintura y la danza pueden transformar frustraciones en expresión; la robótica, la programación y los talleres técnicos pueden convertir el tiempo libre en un proyecto de vida.
No todos los jóvenes descubrirán sus capacidades dentro del sistema académico tradicional. Algunos las encontrarán en una cancha, un escenario, un taller, una computadora o un instrumento musical. El objetivo no debe ser formar únicamente atletas profesionales o artistas reconocidos, sino personas disciplinadas, acompañadas y capaces de visualizar un futuro fuera de la violencia.
Sin embargo, mientras unos intentan construir alternativas, otros continúan difundiendo la narcocultura como entretenimiento inofensivo. Las narconovelas, las narcoseries y algunos narcocorridos presentan al delincuente como una figura de poder, riqueza, valentía y éxito. Las armas, los vehículos, las mujeres, el dinero y el lujo ocupan el centro de la historia, mientras las víctimas, las familias destruidas, la cárcel, la persecución y la muerte quedan relegadas.
Una canción o una serie no convierten automáticamente a una persona en delincuente. Pero la repetición constante sí puede normalizar símbolos, expresiones y comportamientos. El mensaje llega consciente o subconscientemente: el criminal aparece como protagonista admirado, mientras el maestro, el policía honrado, el emprendedor, el deportista y el trabajador responsable reciben mucho menos reconocimiento.
Esta influencia ya alcanza a niños que repiten canciones sobre drogas, armas y asesinatos sin comprender plenamente su contenido. También se manifiesta en quienes imitan la vestimenta, los gestos, los apodos, el lenguaje, la ostentación y las actitudes de narcotraficantes, pandilleros y cabecillas criminales. Algunos lo hacen por moda o entretenimiento, sin advertir que cada imitación contribuye a convertir la violencia en identidad y al delincuente en referente social.
La libertad artística debe respetarse y la respuesta no puede reducirse a la censura. Pero la libertad tampoco elimina la responsabilidad. Productores, artistas, medios, plataformas digitales, creadores de contenido e influenciadores deben preguntarse qué valores están difundiendo y quiénes reciben esos mensajes. Contar una historia sobre el crimen no es lo mismo que glorificarlo, ocultar a sus víctimas o presentar el dinero ilícito como la forma más rápida de alcanzar respeto.
Las familias también tienen una responsabilidad que no puede delegarse completamente al Estado. No basta con entregar un teléfono a un niño y desconocer lo que consume durante horas. Los padres deben conversar, supervisar, explicar y, sobre todo, dar ejemplo. Resulta difícil enseñar honestidad cuando en el hogar se admira al que se enriqueció de manera ilegal, se celebra al político corrupto porque “ayuda” o se considera exitoso al delincuente porque posee dinero y poder.
Las escuelas deben incorporar pensamiento crítico y educación mediática, además de identificar señales de reclutamiento, consumo de drogas, violencia y abandono. Las iglesias y organizaciones comunitarias deben pasar de las actividades ocasionales a procesos permanentes de acompañamiento. Los medios deben informar sobre el crimen sin convertir a sus protagonistas en celebridades. Las empresas pueden financiar academias, becas, talleres y oportunidades de primer empleo. Las municipalidades y organizaciones deportivas deben garantizar que los recursos lleguen a programas reales y no terminen absorbidos por contratistas, dirigentes o círculos políticos.
La población también puede contribuir rechazando la glorificación del dinero ilícito, evitando convertir a los criminales en símbolos de admiración y recuperando los espacios comunitarios mediante actividades organizadas. Esta responsabilidad nunca debe confundirse con culpar a quienes guardan silencio por miedo o viven bajo amenaza. No es lo mismo sobrevivir en un territorio controlado que admirar voluntariamente a quienes lo controlan.
La prevención, además, debe ser profesional y constante. Las estructuras criminales reclutan durante todo el año; el Estado no puede responder con un torneo de una semana, una entrega de uniformes o una actividad diseñada para producir fotografías. Cada espacio deportivo o cultural necesita entrenadores, artistas, psicólogos, trabajadores sociales, protocolos de protección infantil, horarios, mantenimiento, participación familiar y resultados medibles.
Experiencias como Fica Vivo, en Brasil, demuestran la utilidad de combinar intervención policial contra los principales generadores de violencia con talleres permanentes de deporte, arte y cultura, atención individual y redes comunitarias. Los Centros Comunitarios de la Paz de Recife integran bibliotecas, formación profesional, deportes, mediación de conflictos y atención psicológica. La enseñanza es sencilla: la prevención funciona cuando existe presencia estatal continua, participación comunitaria y coordinación entre seguridad y desarrollo social.
Honduras necesita una estrategia nacional que articule a la Policía Nacional, el Sistema Nacional de Emergencias 911, el Ministerio Público, Educación, Salud, SENAF, IHADFA, municipalidades, universidades y organizaciones comunitarias. Seguridad debe identificar territorios, horarios y métodos de reclutamiento; los especialistas sociales deben diseñar las intervenciones. La información debe servir para proteger a los jóvenes, no para estigmatizarlos anticipadamente.
Las organizaciones defensoras de derechos humanos también tienen una función indispensable. Deben vigilar que el Estado no abuse de su fuerza y que se respete el debido proceso, pero con la misma firmeza deben acompañar a las víctimas de asesinatos, extorsiones, desplazamientos y reclutamiento. Los derechos humanos no pertenecen solamente al acusado; también pertenecen a la familia que exige justicia, protección y reparación.
Las estructuras criminales son responsables directas de la violencia. El Estado es responsable de perseguirlas y prevenir su expansión. La clase política debe garantizar recursos, transparencia y continuidad. Las familias deben orientar; las escuelas formar; los medios contextualizar; los artistas reflexionar; las empresas abrir oportunidades; las iglesias acompañar; las comunidades recuperar sus espacios y la ciudadanía dejar de confundir riqueza con dignidad.
El crimen se fortalece cuando provoca miedo, pero también cuando consigue admiración. Honduras necesita perseguir sus redes, rescatar a sus posibles reclutas y reconstruir los valores que la narcocultura intenta reemplazar. No será suficiente capturar al delincuente de hoy si seguimos fabricando, admirando o abandonando al de mañana.


