La Escuela: ¿Zona de Protección o de riesgo?
Por Raquel Amaya
Máster en Criminología
¿Cuál debería ser el sentir de un menor a la hora de ingresar a su centro de estudio?
De acuerdo con varias teorías criminológicas, la escuela es un favor de protección ante la violencia y la criminalidad, pero ¿Qué sucede cuando ocurre todo lo contrario y el centro educativo que se supone debe ser un área de seguridad para los menores, se convierte en el escenario de las peores agresiones?
Recientemente, las redes sociales explotaron con la aparición de un video que en pocas horas se viralizó, donde una menor de 11 años fue brutalmente golpeada por otra menor de mayor edad. La población y sobre todo padres y madres de familia, no se hicieron esperar a la hora de arrojar comentarios de indignación, al ver la crudeza con que la agresora estrellaba la cabeza de su víctima contra el suelo, sin que nadie hiciera algo para frenarlo.
Como seres humanos, es muy normal actuar de esta forma ante una situación como la que se suscitó, sin embargo, hechos como este nos invitan a meditar en una seria de factores que contribuyen a este tipo de comportamientos en los centros de educación.
La violencia no comienza desde el momento en que se lanza el primer golpe, o el primer insulto, comienza mucho antes, cuando la violencia deja de verse como un comportamiento excepcional y comienza a convertirse en una forma aceptada de dirigirse a los demás. La forma en que se normalizan las agresiones como una forma de resolver conflictos y diferencias.
Al hablar de violencia dentro de los centros escolares, muchas veces nos limitamos a pensar en golpes o agresiones verbales, restándole la verdadera importancia, hasta que vemos casos como el de la niña del Instituto San Pablo, donde nos damos cuenta que nuestros niños no solo corren riesgos en las calles, muchas veces la violencia pura y dura la están viviendo en las aulas de clases.
Según UNICEF, el bullying o acoso escolar, es solo una de las tantas formas de violencia que pueden existir dentro del entorno escolar, destaca tres tipos de violencia: física, psicológica y sexual, en las cuales se debe trabajar en conjunto para detenerlas.
La criminología como ciencia interdisciplinaria, nos obliga a ver estos hechos desde todas las ópticas y no solo centrarnos en el agresor. Para Edwin Sutherland, padre de la teoría de la asociación diferencial, la conducta violenta o delictiva, no nace con el sujeto, esta es aprendida a través de la interacción de este con otros individuos.
Aunque no necesariamente, una persona que se relacione con personas violentas, tiene que comportarse como ellas, pero es innegable, que estos patrones en muchas ocasiones son aprendidos desde sus hogares y barrios.
La violencia que hoy impera en los centros de estudio en Honduras, no puede analizarse de manera aislada a la realidad que muchos jóvenes viven fuera del entorno escolar, hogares marcados por la violencia, ausencia de los padres, ausencia de límites, falta de acompañamiento en esa etapa de vida tan vulnerable.
Este grupo de factores crean el escenario perfecto donde un niño aprende que, los golpes son una forma válida de resolver los conflictos, este tipo de conducta luego son trasladadas a los colegios, donde posteriormente se refuerzan con la influencia de los pares y la mala gestión de los maestros y directores para frenarlas o evitarlas.
De acuerdo con datos recientes de la UPNFM, uno de cada tres estudiantes de educación básica ha sufrido acoso escolar, mientras que la mitad afirma sentirse insegura en el camino entre el trayecto de sus casas a sus centros educativos, a esto podemos sumarle algo más alarmante: UNICEF señala que el 63% de niños entre 1 y 14 años ha sufrido castigos corporales o violencia, como una forma de disciplina.
Esto refuerza aún más la teoría de Sutherland y nos obliga a meditar, sobre qué es lo que estamos enseñando a nuestros niños en casa. Si un menor aprende desde temprana edad, que los golpes y los insultos son la manera correcta de resolver cualquier conflicto, esto no será mas que acciones replicadas en los centros educativos, situaciones por las cuales no es preciso culpar solo al personal docente por estas acciones, si la primera institución que debe formar a un menor, le está enseñando a normalizar la violencia.
Pero, es oportuno hacer ciertas interrogantes, ¿qué están haciendo los centros educativos para frenar estas acciones en las aulas? ¿Existen protocolos a seguir cuando se detecta bullying en los centros educativos? Tampoco estaría mal cuestionar al Estado sobre su parte en este fenómeno social.
Aunque no debemos exigirle al Gobierno que eduque a nuestros hijos, sí podemos exigirle nos garantice espacios más seguros para que nuestros menores puedan desarrollarse sin temor. El Gobierno tiene la obligación de crear políticas para prevenir, proteger e intervenir ante la violencia en los centros escolares y dotar a estos de las herramientas necesarias, para detectar este tipo de hechos y no solo lamentar con condolencias hipócritas, cuando las desgracias ya han ocurrido.
El Gobierno no debería aparecer cuando la violencia ya se convirtió en delito, su deber comienza desde mucho antes, como hacer un buen y real uso del presupuesto para educación y garantizar espacios seguros, donde cada niño pueda llegar tranquilo a su aula de clases, así también como proporcionar ayuda psicológica en todos los centros, esto con el fin de reforzar la salud emocional de los menores, este tipo de acciones frenaría en gran manera los abusos que hoy viven miles de niños en las escuelas y colegios de Honduras.
Las autoridades se llenan la boca con aquella gastada frase “Los niños son el futuro de Honduras”, sobre todo en aquellos eventos donde las cámaras y los micrófonos son la plataforma que proyecta su imagen de “compromiso y sensibilidad” con la niñez; compromiso que dura, lo que dura el discurso, porque en Honduras cuando las cámaras y los micrófonos se apagan, pareciera que también se apagan las esperanzas para ese futuro.


