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Congreso de Luis Redondo derrochó más de 56 millones en semitas y bocadillos

El Congreso Nacional de Honduras, bajo la administración de Luis Redondo, gastó más de 56 millones de lempiras en alimentos y bebidas entre 2022 y septiembre de 2025, según registros del Portal Único de Transparencia.

Semitas, burritas, baleadas, café, leche deslactosada y hasta un lechón preparado en caja china figuran entre las adquisiciones, en un período marcado por la baja actividad legislativa y altos índices de pobreza en el país.

La investigación de ICN Noticias reveló que los diputados gozaban de un menú variado durante las sesiones, con té de manzanilla, verde, mandarina o frutos rojos, acompañado de bollitos, galletas y churros.

En cualquier momento bastaba con alzar la mano para que un mesero atendiera sus pedidos, como si se tratara de un restaurante de lujo, pero financiado con los tributos del pueblo hondureño.

Las cifras son escandalosas: facturas de más de 25,000 lempiras solo en té, pagos de 46,000 lempiras en burritas, 55,000 lempiras en baleadas y hasta 103,000 lempiras por 660 platos de comida.

En 2024, el gasto alcanzó su punto más alto con 17.4 millones de lempiras, superando ampliamente los 11 millones erogados en 2022. Todo esto mientras el Congreso apenas sesionaba un promedio de 31 días al año y nunca con la totalidad de los 128 diputados presentes.

El contraste es indignante: en un país donde el 60.1 % de la población vive en pobreza y el 38.3 % en pobreza extrema, los legisladores se permitieron lujos gastronómicos con fondos públicos.

La gestión de Redondo, que se autoproclamó como “el Congreso del pueblo”, terminó replicando y ampliando prácticas de derroche que ya se habían visto en administraciones anteriores, como la de Mauricio Oliva, que gastó más de 41 millones en alimentos.

El despilfarro en semitas y bocadillos es un reflejo de la desconexión entre la clase política y la realidad nacional.

Mientras millones de hondureños luchan por sobrevivir con ingresos insuficientes, el Congreso convirtió las sesiones en banquetes financiados por el pueblo. Una práctica que, más allá de la anécdota, desnuda la falta de ética y compromiso con la crisis social que atraviesa el país.

 

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