Hay nombramientos que no necesitan estruendo para hacerse sentir. Su impacto no depende del volumen del anuncio, sino de lo que representan para una institución y para un país que lleva demasiado tiempo pidiendo lo mismo: seguridad ciudadana con seriedad, método y resultados.
Opinión por Juan Carlos Degrandez
En ese sentido, el reciente relevo de autoridades en la Secretaría de Seguridad y en la Policía Nacional me ha devuelto una esperanza sobria (de esa que no se confunde con ingenuidad).
El nuevo ministro, Comisionado General (r) Gerson Velásquez, el viceministro Comisionado General (r) Rommel Martínez, y el nuevo director de la Policía, Comisionado Rigoberto Oseguera Mass, llegan con un elemento que hoy vale oro en la administración pública: trayectoria construida, reputación cuidada y oficio probado.
En lo personal, como funcionario publico tuve la oportunidad de trabajar hombro a hombro que estos 3 grandes oficiales y hondureños, su honestidad, entrega y profesionalismo, que honrado me siento al verlos en esas posiciones, como hondureño emprendedor, siento mucha esperanza en la nueva Secretaría de Seguridad y Policía Nacional, durante mi especialidad de “Coordinación Inter agencial” en la Universidad de Defensa de Washington (William J. Perry Center), expuse sobre el trabajo coordinado con ellos en materia de Inteligencia, Investigación, operaciones y minería de datos para la mejora en la toma de decisiones.
En tiempos donde muchos cargos se han vuelto plataforma (para el aplauso fácil o la conveniencia de corto plazo), resulta esperanzador ver que la seguridad vuelve a ponerse en manos de perfiles que entienden el terreno, el uniforme, la cadena de mando y el peso real de la palabra “servicio”. Porque la seguridad no es un set, ni una campaña permanente, ni un espacio para distraerse entre micrófonos, redes o pasiones ajenas a la misión. La seguridad es disciplina, dirección y responsabilidad.
Y sí: habrá mejores tiempos para los “azules” si el liderazgo se traduce en algo concreto: dignificación interna, claridad operativa, meritocracia real, y un enfoque firme en lo esencial. En otras palabras: menos espectáculo y más trabajo; menos improvisación y más planificación; menos energía puesta en lo accesorio y más en lo urgente.
Los desafíos son enormes. Ninguna autoridad sensata lo negaría. La extorsión, el crimen organizado, la presión sobre la investigación, la necesidad de coordinación interinstitucional, y el desgaste acumulado en la confianza pública son temas que no se resuelven con frases bonitas. Pero también es cierto que cuando las personas idóneas enfrentan escenarios complejos, la nación respira distinto: porque se siente la mano de quien sabe, no la prisa de quien está aprendiendo en vivo.
Dejo esta idea con la discreción que amerita, pero con la convicción que exige el momento: así debieron ser todos los nombramientos, en seguridad y fuera de ella. No por simpatías, no por cuotas, no por ruido; sino por capacidad. Porque cuando se vean los primeros resultados “los verificables, los que se sostienen en el tiempo” entenderemos algo que Honduras necesita volver a recordar: la experiencia y el conocimiento no son un lujo; son una necesidad. Evitan “inventar el agua caliente” y permiten concentrarse en lo que realmente importa: ejecutar, corregir, innovar y mejorar.
En paralelo, hay otro punto que conviene decir con altura: la confianza en el presidente Nasry Asfura debe mantenerse al máximo. A la fecha de hoy, 13 de febrero de 2026, su gestión apenas inicia: desde el 27 de enero de 2026 han transcurrido 17 días, lo que equivale aproximadamente a 1.1% de un período constitucional de cuatro años. Es decir, menos del 2% del tiempo para el que fue electo.
En un país cansado, la impaciencia es comprensible; pero la impaciencia no puede convertirse en injusticia ni en oportunismo. Si el presidente es, como muchos lo reconocen, un gerente con capacidad extraordinaria, entonces el mejor escenario es este: un liderazgo que elige bien, exige bien y mide por resultados.
Pero para que eso funcione, hay una condición que no se negocia: que cada quien haga su parte con excelencia, sin excusas, sin atajos, sin agenda paralela.
La esperanza que hoy siento no es una emoción pasajera; es una apuesta por lo correcto: instituciones conducidas por perfiles serios, decisiones que privilegian el oficio, y una ciudadanía que exige, sí, pero que también entiende que la transformación no se decreta: se construye. Y cuando se construye con gente capaz, el país no solo se defiende mejor: se respeta más.
Vamos a estar bien, ¡Viva Honduras!


