La IA al servicio de la seguridad
Por Juan Carlos Degrandez
Pensar que la ciberseguridad es exclusiva de países desarrollados, grandes empresas o potencias militares es un error peligroso. En nuestros países sufrimos estafas en línea, robo de información, suplantación de identidad, fraudes bancarios, extorsión digital, desinformación, robo de credenciales, ataques institucionales, programas maliciosos y filtración de datos personales.
Recientemente tuve el privilegio de participar en el curso “Desarrollo de Políticas Cibernéticas y Aplicaciones de Inteligencia Artificial para la Defensa 2026”, realizado en Washington, D. C., por el Centro William J. Perry de Estudios Hemisféricos de Defensa, de la Universidad Nacional de Defensa de los Estados Unidos.
Especialistas de todo el continente analizamos desafíos, amenazas y oportunidades, pero también la necesidad de construir políticas públicas que permitan a los niveles técnicos operar con reglas claras, herramientas modernas, protocolos adecuados y redes de contacto entre países e instituciones.
Esta fue mi tercera vez tomando una especialidad en tan prestigiosa casa de estudio. Cada experiencia reafirma una convicción: nuestro hemisferio enfrenta desafíos similares a los del resto del mundo, pero cuenta con recurso humano preparado y con vocación de servicio. Eso me llena de esperanza.
Durante los últimos años he venido escribiendo sobre ciberseguridad, inteligencia artificial, defensa, protección de datos, infraestructura crítica y amenazas digitales. Hoy confirmo que estos temas ya no son opcionales: son parte de la seguridad nacional, del desarrollo económico, de la protección ciudadana y de la estabilidad democrática.
Cuando se compromete una cuenta personal, se afecta una familia; cuando se vulnera una empresa, se afectan empleos; cuando se ataca una institución pública, se pone en riesgo la confianza ciudadana. Y cuando se amenaza la infraestructura crítica, se compromete la seguridad del Estado.
Proteger nuestro sistema financiero, hospitales, telecomunicaciones, servicios de emergencia, sistemas electorales, bases de datos gubernamentales, redes energéticas, sistemas de agua, puertos, aeropuertos y plataformas digitales del Estado debe ser prioridad nacional. No podemos seguir reaccionando tarde ni esperar una crisis para ordenar la casa. La ciberseguridad exige prevención, planificación, coordinación y liderazgo.
La inteligencia artificial también fue un tema central. Muchos la ven como amenaza laboral o competencia contra el ser humano. Esa preocupación es comprensible, pero incompleta. Mal utilizada, puede generar audios y videos falsos, desinformación, fraudes automatizados, ataques sofisticados, engaños personalizados y manipulación de la opinión pública.
Bien utilizada, la inteligencia artificial puede mejorar el rendimiento humano. No viene necesariamente a sustituirnos; viene a acompañarnos, potenciarnos y exigirnos mayor preparación. Puede ayudar a analizar información, detectar riesgos, anticipar amenazas, mejorar servicios públicos, optimizar recursos y elevar la calidad de las decisiones. Quien la entienda tendrá una ventaja. Quien la ignore, quedará atrás.
También debemos hablar de computación cuántica. Después del año 2030, el mundo será diferente al que conocimos. Puede transformar la medicina, la industria, la defensa, las comunicaciones y la economía, pero también poner en riesgo sistemas que hoy protegen nuestra información. Llegar tarde en tecnología suele salir caro.
Uno de los mayores aprendizajes del curso es que no basta con tener buenos técnicos. Los técnicos necesitan marcos normativos claros, protocolos definidos, autoridades responsables, presupuesto, entrenamiento y respaldo institucional. Muchas veces les pedimos resultados, pero no les damos condiciones para operar: deben proteger sistemas sin herramientas suficientes, responder incidentes sin protocolos e implementar seguridad sin presupuesto.
La política pública en ciberseguridad no se trata solo de comprar tecnología; se trata de construir gobernanza. Un país necesita saber quién lidera, quién responde, quién coordina, quién protege los datos y cómo se articulan las instituciones ante una amenaza nacional. La ciberseguridad no puede depender de la buena voluntad de técnicos comprometidos; debe ser política de Estado.
Creo profundamente que el conocimiento tiene mayor valor cuando se pone al servicio de la mayoría. Prepararse no debe ser solo un camino para crecer o buscar mejores oportunidades económicas. Prepararse también debe ser una forma de servir mejor. La formación en ciberseguridad, defensa, inteligencia artificial y política pública debe convertirse en propuestas, prevención, educación, asesoría, construcción institucional y servicio.
Por eso seguiré escribiendo y promoviendo estos temas. Necesitamos ciudadanos más conscientes, empresas más responsables e instituciones más preparadas. Invito a quienes trabajan en tecnología, seguridad, educación, derecho, administración pública, comunicación, empresa privada, sociedad civil y academia a leer más y tomar en serio esta transformación. Para consultas o colaboración, pueden escribirme a: [email protected].
También debemos decirlo con claridad: los países e instituciones pierden demasiado cuando se destruyen avances por intereses personales, decisiones improvisadas o visiones de corto plazo. Construir capacidades toma años; destruirlas puede tomar días. No podemos tirar por la borda esfuerzos técnicos, académicos e institucionales por ego, cálculos políticos o falta de visión. Al final, esas decisiones siempre se lamentan cuando ocurre una crisis o el país descubre que no estaba preparado.
La tecnología no espera. La pregunta es si tendremos humildad para aprender, disciplina para prepararnos y visión para usar estas herramientas en beneficio de nuestra gente.


