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Las nuevas fronteras de Honduras no terminan en el mapa

Las nuevas fronteras de Honduras no terminan en el mapa

Fredy Omar Rodríguez Degrandez 
Coronel de Inteligencia Militar DEM (r)
Experto en Inteligencia y Estrategia

Anteriormente dialogamos en torno al título, “La soberanía también se firma”, articulando la idea que un Estado al firmar un tratado y/o contrato debe considerar la posible afectación de su soberanía funcional pues ningún activo sensible debería comprometerse sin evaluar control, dependencia y adaptación.

Siguiendo esa misma línea de pensamiento, un tema que todavía parece distante para buena parte de la opinión pública se relaciona con los espacios comunes globales y funcionales en Honduras dentro del contexto de la securitización, la geopolítica y la gobernanza enmarcadas estratégicamente en la competencia de las grandes potencias políticas, económicas, tecnológicas, informacionales y militares.

Los espacios comunes globales son ámbitos que no están sometidos a la soberanía exclusiva de un solo Estado y que permiten la circulación de bienes, personas, información y capacidades. La alta mar, el espacio aéreo internacional y el espacio ultraterrestre son sus ejemplos clásicos. El ciberespacio presenta una condición más compleja: funciona globalmente, aunque depende de cables, servidores, redes y equipos ubicados en territorios concretos y, en gran medida, administrados por gobiernos o empresas.

En la investigación que sirve de base a esta serie, analizo esos puntos de conexión como espacios comunes funcionales: nodos situados dentro de la jurisdicción hondureña, pero enlazados con redes y flujos transnacionales.

A primera vista, podría pensarse que este debate pertenece a las grandes potencias. Honduras no controla océanos, constelaciones satelitales ni las principales plataformas digitales. Sin embargo, depende de todos ellos. Buena parte de su comercio necesita rutas marítimas y puertos; sus comunicaciones dependen de redes y proveedores; las operaciones bancarias y las remesas se apoyan en sistemas digitales; la navegación, la meteorología y la conectividad utilizan servicios satelitales; y la continuidad del Estado descansa cada vez más sobre plataformas tecnológicas.

Un puerto está en territorio nacional, aunque su funcionamiento depende de rutas, navieras, seguros, estándares, sistemas aduaneros y cadenas logísticas globales. Una plataforma pública puede ser contratada por una institución hondureña, pero operar con software, almacenamiento y soporte que el país no controla por completo. Una red de telecomunicaciones puede estar regulada localmente y, al mismo tiempo, depender de componentes, actualizaciones y protocolos internacionales.

Esta distinción cambia la forma de entender la soberanía.

La soberanía jurídica continúa siendo indispensable, pero no basta con afirmar que un activo se encuentra bajo jurisdicción nacional. Lo relevante es determinar si el Estado puede regularlo, supervisarlo, protegerlo y mantenerlo funcionando en condiciones adversas. A esa capacidad efectiva podemos llamarla soberanía funcional.

Un país ejerce soberanía funcional cuando sabe qué infraestructura es crítica; conoce quién la ópera; puede auditar contratos y tecnologías; protege la información sensible; dispone de protocolos de continuidad; exige responsabilidades; y conservas alternativas si una relación deja de ser conveniente. La bandera sobre el edificio importa, pero también importan las claves de acceso, la documentación técnica, la propiedad de los datos y la posibilidad real de cambiar de proveedor.

El asunto se vuelve más sensible en un contexto de competencia entre grandes potencias las cuales no disputan únicamente influencia diplomática o presencia militar. Compiten también por mercados, financiamiento, infraestructura, tecnología, cadenas de suministro, estándares, datos y narrativas sobre el desarrollo.

La geopolítica observa la distribución del poder y la influencia. La geoestrategia analiza cómo se utilizan rutas, posiciones y capacidades para alcanzar objetivos. La geoeconomía convierte el comercio, el crédito, la inversión y la tecnología en instrumentos de poder.

Esa competencia llega a Honduras sin necesidad de una confrontación directa. Puede aparecer como un tratado comercial, en una oferta de financiamiento, una concesión, un sistema de vigilancia, una plataforma digital, un proveedor de telecomunicaciones, un proyecto energético o una expectativa de acceso a mercado. Cada propuesta puede aportar beneficios reales. También puede generar dependencias que solo se vuelven visibles cuando resulta costoso corregirlas.

No obstante, conviene evitar dos errores. El primero es considerar que toda inversión extranjera constituye una amenaza. Honduras necesita capital, infraestructura, tecnología, comercio y cooperación. Una política de sospecha permanente cerraría oportunidades y reduciría el desarrollo.

El segundo error es asumir que toda inversión es neutral por el simple hecho de presentarse como negocio. Las grandes potencias, las empresas y las entidades financieras actúan según sus propios intereses. El deber del Estado hondureño es conocerlos, negociar condiciones y proteger los suyos.

Por eso el análisis estratégico de una inversión debe ir más allá del origen del capital. Debe examinar el control efectivo del activo, el acceso a datos, la dependencia tecnológica, la sostenibilidad financiera, la concentración de proveedores, la transferencia de conocimiento, el impacto ambiental, los mecanismos de solución de controversias, la transparencia contractual y la reversibilidad.

La reversibilidad merece atención especial. Un acuerdo es más seguro cuando el país conserva capacidad para revisarlo, renegociarlo o terminarlo sin provocar el colapso del servicio. No se trata de firmar contratos débiles, sino de evitar que una decisión tomada hoy elimine todas las opciones de mañana.

Aquí se conecta la soberanía funcional con la autonomía estratégica.

La autonomía estratégica no significa aislamiento, autosuficiencia absoluta ni una equidistancia artificial entre las super potencias. Significa conservar margen propio de decisión. Honduras puede cooperar en áreas donde existen vínculos históricos y capacidades compartidas; también puede desarrollar comercio, inversión o cooperación; y puede relacionarse con otros actores según sus intereses.

Pero esa apertura solo amplía la autonomía cuando se apoya en instituciones capaces de evaluar, negociar, supervisar y corregir. Sin esas capacidades, diversificar socios puede multiplicar dependencias en lugar de reducirlas.

El reto hondureño es principalmente institucional. El país cuenta con normas jurídicas relacionadas con soberanía, contratación pública, telecomunicaciones, transparencia, seguridad e inteligencia, pero esas piezas no siempre funcionan como una arquitectura integrada para proteger infraestructura crítica, datos, ciberseguridad, inteligencia artificial e inversiones sensibles. Un expediente puede ser legal desde la perspectiva administrativa y, aun así, producir consecuencias estratégicas que ninguna institución examinó de manera completa.

La solución tampoco consiste en convertir cada proyecto en un asunto secreto de seguridad nacional. La securitización excesiva puede justificar opacidad, arbitrariedad o bloqueo de la competencia.

La gobernanza responsable exige criterios verificables: qué función está en riesgo, qué daño podría producirse, qué grado de control externo existe, qué datos se comprometen, qué alternativas conserva el país y qué institución debe supervisar. La seguridad debe convivir con transparencia, auditoría, control democrático y rendición de cuentas.

Honduras no decidirá el resultado de la competencia entre las grandes potencias. Tampoco está condenada a ser un escenario pasivo. Un Estado pequeño puede aumentar su margen de maniobra mediante reglas claras, inteligencia estratégica, diplomacia técnica, coordinación institucional y contratos bien diseñados.

Las nuevas fronteras del país no terminan en la línea trazada sobre el mapa. También pasan por el puerto que sostiene el comercio, la red que transporta los datos, la plataforma que administra servicios, el sistema financiero que mueve recursos y el contrato que determina quién conserva el control.

Reconocer esas fronteras es el primer paso. Gobernarlas con criterio será la verdadera prueba de soberanía.

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